Hace unas horas, al conectarme a Facebook (la n-ésima red social en la que me he dado de alta), he visto un intersante enlace publicado por Alberto Ortiz de Zárate del blog de Rafael Chamorro: «El trabajo en una Subdirección de Tecnologías en la AGE» (enlace de la entrada aquí).
Una descripción muy ilustrativa y esclarecedora del trabajo diario de un Subdirector de Tecnologías de la AGE, y de lo que a un recien llegado como yo, que viene del sector privado y que todavía está a la espera de recibir destino, le espera, no como Subdirector, claro está, sino algunos peldañitos más abajo pero dentro del contexto de trabajo de la AGE.
Ello me recuerda cuando mis amigos y antiguos compañeros de empresa, y otros muchos conocidos, me felicitaron en cuanto se enteraron de que había aprobado unas oposiciones, porque, “claro, ahora vas a vivir de vacaciones perpetuas“, “te vas a dedicar a la buena vida“, “has encontrado el chollo de tu vida“, y frases del mismo calibre.
La imagen y reconocimiento social del funcionariado español (¿o es del sector público?) es claramente nefasta.
Posiblemente no sea difícil encontrar motivos y razones justificadas, porque «son como las meigas, haberlas haylas», pero creo que es una visión distorsionada y a menudo simplista de la situación.
Creo que es un análisis tan complejo o tan sencillo, según por donde se mire, como descubrir por qué la I+D en España evoluciona tan lentamente y sigue sin tener un peso significativo en la economía y el mercado de trabajo español: ¿es acaso debido a la falta de profesionales?, ¿tenemos profesionales poco preparados?, ¿es que España no genera talento?
Espero que las respuestas del lector a las preguntas anteriores hayan sido más “noes” que “síes” (más nos vale).
En la Administración Pública, creo que la explicación va por el mismo camino y gran parte de los motivos son los que apunta Rafael: el trabajo cuenta con poca visibilidad y reconocimiento social, casi nula proyección interna, sin carrera profesional clara, se apoya en la automotivación del personal, etc.
En resumen, no se aprovecha totalmente un perfil de profesionales preparados, pero que cuenta con medios en muchos casos insuficientes, y dependen de un “vaivén político” que tiende a cambiar al “comité de dirección de la empresa” y a la estrategia marcada por éste cada 4 años (o en realidad menos contando con las campañas electorales)…
Si a todo lo anterior le añadimos el retraso que la Administración Pública lleva en relación a la empresa privada (conocido y con estudios que abordan su posibles causas como éste), y a la vaga definición de ciertas políticas como comenta Iñaki desde “Administraciones en Red“, difícil se plantea la tarea de abordar cualquier solución que no pase por un firme compromiso político de cambio, más medios disponibles, y una estrategia más de largo plazo que trascienda el necesario cambio político, y los límites autonómicos y territoriales para obrar en beneficio de todos.
Pero como reza la cita de R. Lewton:
Es más fácil decir las cosas que hacerlas… a menos que se sea tartamudo.