Salvador es una película grande. Es una historia (basada en la novela
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Francesc Escribano) narrada con pulso firme y el ritmo exacto para transportarnos a ese momento (mediados de los años 70, postrimerías de la
dictadura franquista en España) en el que nuestro país aún era una tiranía tercermundista que se asentaba en la represión y en la emigración masiva.
Manuel Huerga consigue conducirnos magistralmente por ese contexto, pero sin caer en ningún momento el el panfleto político (que sería lo fácil), sino ubicando con precisión el personaje de
Salvador Puig Antich, el joven anarquista catalán que fue el último preso político ejecutado por la dictadura.
Este punto de vista le ha granjeado la antipatía y una activa campaña en contra de la película por parte de antiguos militantes del
MIL, la organización a la que perteneció Salvador, por un supuesto vaciado de contenido político del personaje. Sin entrar en el fondo de la cuestión (obviamente, no conocí al personaje), estas críticas me parecen ridículas y prescindibles: la película está cimentada en un fabuloso guión y en la interpretación magistral de todos sus personajes, y esto es así con independencia de quién fuera o lo que pensara realmente Salvador Puig Antich.
La película comienza con un amplio flashback inicial en el que se recrea la historia personal, política y militante de Salvador hasta el momento de su detención. Quizá sea, sobre todo al principio, lo más endeble de todo el relato, la parte más cercana al lugar común. Pero poco a poco la historia entra en calor, va cogiendo intensidad y, sobre todo durante la cuenta atrás hasta el momento de la ejecución, alcanza unos niveles realmente magistrales. Ya digo, de película grande: historia sólida e interpretación (con especial mención a
Daniel Brühl y
Leonardo Sbaraglia) para quitarse el sombrero. Imprescindible.