La glicinia ha trepado finalmente por la pared desde la hierba y ya cubre la techumbre de tablas verticales que dará sombra al porche del comedor de la casa. Las flores violáceas de la glicinia caen al suelo de pizarra gris que se continua en el comedor interior a donde son arratrads por el viento
xaloc. Por la mañana salgo desnudo a gritar
mi introibo ad aletare Dei desde la terraza que se abre sobre un paisaje de
Patinir y luego bajo a desayunar sobre un suelo de
Rosseti, aunque sin Ofelia.