Se nos había olvidado después de la noche de Eindhoven, pero la UEFA parece que era este sopor de fútbol prescindible y quemar el calendario hasta la primavera, cuando florecen las gradas y el campeonato insinúa que ha merecido la pena. Del Sevilla de pasarela ayer no quedó más que un equipo especulativo y comedido que se echó mano al bolsillo para administrar la calderilla, a la espera de que Kanouté o Kepa o el ciclotímico Luis Fabiano invitasen a una ronda en una jugada aislada. Se nos había olvidado después de la noche de Eindhoven, pero la UEFA parece que era este sopor de fútbol prescindible y quemar el calendario hasta la primavera, cuando florecen las gradas y el campeonato insinúa que ha merecido la pena. Del Sevilla de pasarela ayer no quedó más que un equipo especulativo y comedido que se echó mano al bolsillo para administrar la calderilla, a la espera de que Kanouté o Kepa o el ciclotímico Luis Fabiano invitasen a una ronda en una jugada aislada.
El caso es que el Sevilla acumula varias Uefas en la culata del revolver, y por el año pasado sabemos que estos partidos fríos son de los aguantar el marcador bajo cero y pillar el chárter para Sevilla a la espera de mejor ocasión para lucir pecho. El caso es que ahora el Sevilla viaja con los galones en la pechera y a los jugadores parece que les fastidia esa responsabilidad con el espectáculo que se le presupone y exige al campeón.
El Slovan checo hizo su partido de marcajes individuales y fútbol vertical, y a punto estuvo de llevarse el marcador al huerto de no ser por los palos o la ingenuidad rematadora de sus rápidos delanteros. Alguna ventaja, no obstante, tiene jugar con el cetro a cuestas, la ecuanimidad del árbitro (lo que empieza a ser una novedad), y el respeto de los campeones de liga chechos, encantados, a pesar de la fogosidad, de empatar con el mejor equipo del mundo, según la IFFHS.
Lo debe de saber hasta la empresa de apuestas que luce el Sevilla en el pecho: cuando un empate conforma a dos contendientes, la opción de las tablas aumenta exponencialmente, como la probabilidad de que los aficionados sevillistas no vean este año a su equipo más que en el bis a bis de tres minutos de los telediarios furtivos.
Por cierto que la trayectoria catódica de los sevillistas anda ya en el envés de la paradoja. Si el año pasado el aficionado debía conformarse con las retransmisiones de la liga doméstica porque la UEFA no le interesaba ni a la emisoras locales, este año el peiperviú está canino y toca resignarse con los bolos de la liguilla europea, como se deduce del comunicado de las peñas sevillistas en apoyo a la postura del club en toda esta guerra televisiva, cuyos máximos damnificados, curiosamente, son los propios aficionados.
El Sevilla está cargado de razones contra el monopolio de facto del emporio televisivo, pero Del Nido, que gasta la soberbia de los nuevos ricos, va a tener tiempo de rasgarse la cara por haber vulnerado el precepto básico de cualquier combatiente: no meterse en una guerra de la que no se está seguro de ganar. Lo peor es que cada vez queda menos margen para una solución, sobre todo cuando el presidente va quemando naves mientras llama a los socios al boicot televisivo.
Alguna otra opción, cabe preguntarse, habría, además del enfrentamiento directo contra el poder omnívoro del pago por visión, que no terminara lesionando los intereses del Sevilla y sus aficionados, por más injusto y ofensivo que haya sido el trato de Audiovisual Sport. Del Nido quería un equipo invencible pero se ha quedado en invisible. El orgullo es un pobre argumento empresarial, si es verdad que el problema de fondo es el dinero. En el viaje a Praga debería haberse llevado a Kafka, que ya escribió El Proceso.