Vuelven los árbitros como vuelven los pantalones de pitillo, los estampados de patas de gallo o los abrigos de leopardo. El arbitraje español está de moda, y la liga pone en boga esa costumbre bellaca, tan de los ochenta, de asociar la imagen de los colegiados a cierta actividad fisiológica. Jornada tremenda. Digna de ver, verbo éste que se está poniendo igual de conflictivo que la actuación de los árbitros, cada vez más arbitraria, claro. Batalla perdida
Vuelven los árbitros como vuelven los pantalones de pitillo, los estampados de patas de gallo o los abrigos de leopardo. El arbitraje español está de moda, y la liga pone en boga esa costumbre bellaca, tan de los ochenta, de asociar la imagen de los colegiados a cierta actividad fisiológica. Jornada tremenda. Digna de ver, verbo éste que se está poniendo igual de conflictivo que la actuación de los árbitros, cada vez más arbitraria, claro.
El público del Ruiz de Lopera pidió ayer al menos dos penaltis, aunque en este nuevo descalabro bético toda la responsabilidad, ni mucho menos, pueda imputársele al colegiado. Lo malo de este Betis reincidente y regresivo es que ni siquiera puede parapetarse en el desconcierto de los trencillas. Anoche, mientras el público pedía cortésmente a Lopera que meditara su futuro en la entidad verdiblanca, los jugadores estrellaron en los palos el destino de un partido que nunca debía haberse empatado ante un Deportivo simple y fallón como el encefalograma de Rafa Guerrero.
El empate postrero atenúa el descalabro pero con seis jornadas cumplidas y una pírrica victoria ya se dibuja el perfil de un Betis menesteroso que promete reeditar una temporada de carestías, fatigas y otros tipos de cefaleas. Mal síntoma: el público desfiló del campo antes del final como el que asiste a una batalla pérdida.
El Sevilla perdió, aunque sus cuitas, hasta que se demuestre lo contrario, son de otro nivel. Los sevillistas ahora mascan un nuevo tipo de frustración: la del burgués de reciente fortuna que no encuentra la aprobación social de la aristocracia. El arbitraje ayer en el Camp Nou no es sino un reflejo de ese sibilino trato vejatorio que los sevillistas han recibido de Audio Visual Sport, la empresa que trajina con descaro el monopolio de los derechos televisivos. Del Nido, que no es precisamente un dechado de humildad, pensaba acaso que al Sevilla le bastaba con los títulos europeos y su fútbol de escaparate para hacerse respetar en los cenáculos del poder futbolístico, pero él debería saber -por su profesión y sus clientes- que la moneda que circula por estos pagos es el mafioseo, ya sea televisivo, arbitral o federativo.
Si a una maquinara de relojería como al Barça se le añaden las propinas arbitrales (léase gol anulado, el penalti de Márquez a Poulsen, las manos previas de Motta en la jugada del tercer gol...) la victoria deja de ser una empresa difícil para convertirse en esa fuente de indignación o melancolía a la que conducen los afanes imposibles. El Sevilla dejó en Barcelona una imagen impoluta de equipo maduro, pero los colegiados y las televisiones, esa extensión del poder, le recuerdan constantemente sus orígenes de equipo provinciano y pobretón sin gloria ni alcurnia para hablar de usted a los que deciden cuánto vale cada cual. Los tiburones del peiperviú están esperando a que los sevillistas caigan en desgracia para vengar la osadía y mandar aviso a navegantes. Y el caso es que pelear con estos molinos televisivos, como los árbitros, a la larga es una batalla perdida.
Artículo publicado en El Mundo de Andalucía, lunes 16 de octubre de 2006