El Sevilla del fútbol total y de la magia dijo ayer que la Liga es larga y que hasta las batallas más épicas tienen una víspera de tardes planas y fútbol moderado para tensar el arco y templar la espada. La prueba del algodón para saber si este equipo tiene madera para aguantarle el pulso a los grandes la tendrá el Sevilla la jornada que viene, en el Camp Nou, donde podrá presentar credenciales y tramitar la solicitud de ingreso en el selecto club de equipos que, por ejemplo, no tienen problemas con los derechos televisivos porque todo el mundo tiene claro cuál es su precio de mercado.
La afición sevillista perdonó ayer la tarde mustia de fútbol amnésico porque la clasificación es un aval incontestable, y la parroquia se ha dado cuenta de que cuando un buen equipo escatima el fútbol casi siempre lo compensa con el resultado.
El Getafe se dibujó muy pronto como un rival blandito para que los fabianos y kanoutés hincaran el diente de la ambición y regalasen a la concurrencia otro cómodo desfile marcial, pero parece que el Sevilla se ha acomodado en la victoria y vence por rutina cuando la tarde no está para filigranas o los niños semejan caer con un discurso moderado de fútbol a interés fijo. Por lo visto, la madurez era esto, una administración de la suficiencia y una espera paciente para los duelos con sabor de parabólicas y despliegue de medios.
Claro que el fútbol, tan fiel a sus ironías, suele cobrarse con recargo la cicatería, y para un espectador que ha visto de qué es capaz este equipo puede resultar ofensiva la especulación con la que los sevillistas tramitan algunos compromisos. La diferencia entre un partido controlado y un descalabro radica, tantas veces, en un detalle minúsculo. Y si no que se lo digan a los béticos, que, después de tener a merced a un inocuo Recreativo durante ochenta minutos, se dejó encajar dos goles absurdos y prescindibles con rescoldo de barbacoa con chorizos al infierno. Con un Huelva inofensivo, que le faltó pedir las tablas por la megafonía, el Betis se entregó a ese criticado vicio de Irureta de sobrevalorar los empates y conformarse con botines menores.
El Betis tenía un equipo superior y un escenario propicio para enfilar un camino distinto de ese lodazal clasificatorio por el que chapoteó la pasada campaña. Pero regresó para Sevilla con un puñado de dudas en carne viva. ¿Cómo la marcha de Juanito puede descomponer la defensa hasta ese extremo? ¿Cómo le pueden volver a meter a Doblas un remate de cabeza en el área pequeña? ¿Por qué Irureta sacó a Fernando Vega para amarrar un mísero empate si el Recreativo daba señales evidentes de estar noqueado?
La racanería sólo puede encontrar refugio, si alguna excusa tiene, en el resultado. Pero cuando fallan los resultados quedan visibles al ojo todas esas carencias que le veníamos vaticinando a este equipo desde las premuras del verano. Hoy por hoy, la diferencia entre sevillistas y béticos, además de la longitud de la plantilla y la madurez del proyecto, radica acaso en esa leve diferencia. Para permitirse el lujo de un fútbol conservador, primero hace falta algo que conservar.
Publicado en el Mundo de Andalucía, lunes 2 de octubre de 2006