Derbi vibrante, pleno de emoción y alternativas, digno de ver... y sin televisión. Las tabernas sevillanas retrocedieron ayer por unas horas a aquella España del No-Do en que la radio era la única forma de imaginar la épica. Por cierto, antaño las aficiones acudían al estadio juntas, para que alguien les explique a los niñatos de San Bernardo que el perro de la violencia tiene rabo, y muerde. En fin.
Decía que el legítimo interés del Sevilla, que no quiere malvender sus derechos de imagen, privó a la ciudad de un espectáculo deportivo que merecía el amplificador de la televisión. Pero ya se sabe que el fútbol es un sentimiento o una actividad mercantil, según convenga. Quizá no estaría de más recordarle a los férreos negociadores de la entidad blanca que, por más legítimas y fundadas que sean las peticiones del Sevilla, los damnificados del apagón televisivo, en última instancia, son esos miles de aficionados sevillistas que anoche se perdieron en directo el soberbio gol de Renato y la dulce remontada de un Sevilla que vence ya incluso en sus noches más desdibujadas. El Betis acudía a Nervión en el peor de los contextos, con un proyecto en ciernes marcado por las bajas notables y las incorporaciones de urgencia, y un rival campeonísimo, con 17 partidos oficiales sin morder el polvo de la derrota, justo desde aquel otro derbi de abril en el Ruiz de Lopera.
El Sevilla se llevó los puntos y la alegría, pero los que esperaban que en el lote del derbi se incluía la humillación del rival se marcharon a casa con ese resquemor. Porque el Betis salió con la cabeza bien alta del Sánchez Pizjuán, y dignificó un derbi del que seguramente debería haber escapado con mejor fortuna, si Mejuto González no hubiese escatimado el penalti (¿de libro?) que le hicieron a Maldonado. Inciso malvado -y otro daño colateral de la ceguera catódica-: las opiniones de los comentaristas radiofónicos se volvieron ayer más mesuradas que nunca, tal vez por carecer de la inestimable ayuda de la moviola, ese instrumento de valoración que se le niega al arbitraje.
Los béticos, en suma, desperdiciaron una excelente oportunidad para quebrar la racha y bajarle los humos a un Sevilla intratable al que le basta su inercia triufal para sacar los partidos. El altar heliopolitano, no obstante, ya cuenta con nuevos santos de devoción, el brasileño Sobis y Vogel (pronúnciese Foguel, según la prescripción radiofónica de la escuela sevillana) que ayer cuajó un derbi completísimo y ya se vislumbra como uno de los puntales del Betis centenario.
En suma, la grada festejó la victoria con la costumbre que este equipo vive sus éxitos recientes, pero la maquinaria de relojería futbolística, elogiada ya hasta la extenuación, dejó ver anoche sus primeras fisuras en una defensa inéditamente fallona con David Castedo como sorpresivo maestro de ceremonias. El regalo del defensa sevillista es acaso una de esas señales que manda el destino para que cada cual reflexione sobre la futilidad de la gloria.
El Sevilla sigue líder y le saca seis puntos al Betis en tres jorndas. Sin embargo, el exquisito cadáver bético cuenta quizá con mejor salud de los muchos desean. Hay promesa de duelo en el año del Centenario. Permanezcan en sintonía, nunca mejor dicho.
Publicado en El Mundo de Andalucia, lunes 18 de septiembre