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El Blog de J.A. Francés
Llevaba unos años retirado monacalmente de los comentarios de la actualidad alcalareña, y, cada vez que regreso de visita a Alcalá, no encuentro motivos para romper este voluntario silencio. A petición del Foro Oromana, incluyo alguna entrada en el blog sobre la realidad local con esa indiferencia con la que se miran los mapas del tiempo. Llevaba unos años retirado monacalmente de los comentarios de la actualidad alcalareña, y, cada vez que regreso de visita a Alcalá, no encuentro motivos para romper este voluntario silencio. A petición del Foro Oromana, incluyo alguna entrada en el blog sobre la realidad local con esa indiferencia con la que se miran los mapas del tiempo.
Me llegan los comentarios de algunos amigos acerca de los resultados de las últimas elecciones locales y ya no encuentro ni motivo para la ofuscación. Posiblemente el alcalde Antonio Gutiérrez Limones haya rubricado un mandato de grandes obras públicas, rotondas y palmeras, y es muy posible que la reelección no incurra, a diferencia de otras veces, en la injusticia.
Pero el problema de Alcalá no es ése, sino la falta absoluta de una perpesctiva de alternancia política. Ni en los tiempos de mayor corrupción, con alcaldes y concejales condenados, se rompió esa indisoluble supremacia, ese rodillo de mayorías absolutas que va camino de los cuarenta años...
Da igual lo que hagan, repetirán. Incluso, como pudiera ser el caso, si lo hacen bien. Pero la falta de un horizonte de cambios es el mayor lastre para una sociedad civil que no puede ejercer la crítica sin saber que será condenada al ostracismo social, a vivir al otro lado de la frontera, que no puede plantear ningún proyecto alternativo que no choque frontalmente con ese muro de voto que impide que las elecciones sean un sincero examen a la gestión política para convertirse en un ritual huero de inercia emocional o intererada.
La realidad política de Alcalá es como la Plazuela: una plaza sin interés, cercada por sus propias limitaciones. Sin posibilidad de cambio. Buena Feria.
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El Blog de J.A. Francés
Nos ha dejado uno de los grandes, José Antonio Garmendia. La muerte abarata los elogios y exagera las virtudes, pero pocas oportunidades como ésta va a tener Sevilla para llorar y enaltecer, con todo merecimiento, la figura de uno de sus personajes más geniales y singulares. El maestro Garmendia. Nos ha dejado uno de los grandes, José Antonio Garmendia. La muerte abarata los elogios y exagera las virtudes, pero pocas oportunidades vamos a tener para llorar y enaltecer la figura de uno de los personajes más geniales y singulares de Sevilla. El maestro Garmendia.
Cualquier sevillano un poco atento podrá recordar su figura de capitán de mercante, con su enorme barba blanca, paseando por la calle Placentines antes de hacer parada y fonda en la posada de su íntimo Juan Robles. Porque Garmendia formaba parte ineludible del paisaje humano de esa Sevilla heterodoxa y brillante, donde cabe en un mismo cuño la guasa y la Semana Santa, el escepticismo de Machado o Cernuda y el costumbrismo de los Quintero, el humor y el barroco, la cornucopia y la torrija, el tinto y el incienso.
Nos ha dejado un humorista sin molde, un maestro del ingenio, un rara avis único en su especie, pues, como decía su amigo Paco Robles, todo aquel que intente imitarlo está condenado al ridículo. En su intervención diaria en el programa de Carlos Herrera (su valedor, su máximo admirador) Garmendia ha dejado una legión de seguidores, y quizá al bueno de José Antonio sólo le faltó haber vivido en la metrópolis y medrado en los ambientes de la corte mediática para que su nombre se recordara junto a Tip y Col, Gómez de la Serna o el mismísimo Valle Inclán. Pero él prefería su ciudad y sus tabernas, sus calles del Casco Antiguo, sus amigos de toda la vida, su vino y su tapita, hasta el punto de que de su viaje a América con el Herrera dijo que lo que más le había gustado de Nueva York era venirse para Sevilla.
Ya sólo su currículum es una obra cumbre del surrealismo sevillano: dibujante de La Codorniz, campeón de España de Atletismo, Licenciado en Química, crítico gastronómico, periodista radiofónico...
Entre el Garmendia artista y la persona no había la más mínima diferencia. Ítem más, la mejor obra de Garmendia era él mismo, su egregia figura, su cachonda seriedad, su facilidad para hablar en verso, su hondura callejera, su versatilidad tabernaria, su eclecticismo sevillano, su agnóstico beticismo, su distante cercanía, ese corazón enorme escondido bajo sus anchas camisas de impecable bohemio.
Conocí al maestro en esta casa, en el periódico Casco Antiguo, merced a su director Rafael Dóyega, que, entre otras virtudes, tuvo el olfato para ver en José Antonio el referente que todo periódico necesita para distinguirse de la medianía. Contra esa imagen de estirado y soberbio que transmitía a simple vista, Garmendia era todo generosidad, escuchaba a cualquiera que le enseñaba su libro de poemas en la barra de un bar, disfrutaba de la conversación y los pequeños placeres, se embarcaba en proyectos como este periódico guiado por su intuición... y nunca dejaba pagar una convidá.
Los que algún trato tuvimos con él, nos queda su recuerdo en el mostrador de Casa Robles, y el consuelo sus libros. Acudan a una de esas pocas librerías que aún quedan en esta ciudad de atascos, y ríndale un homenaje privado al maestro con su Taberna del Traga, o su Florilegio de Chorradas, con cualquiera de sus impagables perlas literarias. Favor que nos hacemos. Porque Sevilla sin Garmendia es un lugar menos interesante, menos habitable.
Compren un trozo de la memoria de la mejor Sevilla. Él se estará riendo por dentro, en la esquina de Placentines con San Pedro.
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Como sabéis, he recibido recientemente el V Premio Alfonso de Cossio, del Ateneo de Sevilla. Sólo quería agradecer a los colegas y amigos las muestras de simpatía por este galardón, y a los organizadores del Ateneo sevillano y la editorial Algaida por haber confiado en mi obra. Se trata de una compilación de microrrelatos de miedo y humor. Aprovecho para pedir disculpas por mantener el blog bajo mínimos, y hago propósito de enmienda para colgar algún texto de cuando en cuando. Gracias a todos Como sabéis, he recibido recientemente el V Premio Alfonso de Cossio, del Ateneo de Sevilla. Sólo quería agradecer a los colegas y amigos las muestras de simpatía por este galardón, y a los organizadores del Ateneo sevillano y la editorial Algaida por haber confiado en mi obra. Se trata de una compilación de microrrelatos de miedo y humor. Aprovecho para pedir disculpas por mantener el blog bajo mínimos, y hago propósito de enmienda para colgar algún texto de cuando en cuando. Gracias a todos
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El pasado sábado 18 presenté en Alcalá de Guadaíra, con los amigos del Foro Oromana, mi último libro de relatos "Pienso para gatos". Aprovecho este tablón virtual para agradecer a todos los asistentes la entrañable acogida, y abrir, si os apetece, un foro de discusión de los relatos. El pasado sábado 18 presenté en Alcalá de Guadaíra, con los amigos del Foro Oromana, mi último libro de relatos "Pienso para gatos". Aprovecho este tablón virtual para agradecer a todos los asistentes la entrañable acogida, y abrir, si os apetece, un foro de discusión de los relatos. En breve colgaré algún cuento en la página de este y otro libro inédito. Gracias a todos. Y a regalar el libro por navidad, que no sólo Gala tiene derecho a los derechos!
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Rompan lo que habían escrito en el primer tiempo y escriban de nuevo en el cuaderno: el fútbol en una escuela de humildad y cada disparo al larguero lleva detrás moraleja. El proyecto de un Sevilla grande estuvo ayer a punto de disolverse bajo la lluvia otoñal si la providencia, caprichosa como cualquier árbitro, no hubiera dictaminado en el último suspiro a favor de los sevillistas. Rompan lo que habían escrito en el primer tiempo y escriban de nuevo en el cuaderno: el fútbol en una escuela de humildad y cada disparo al larguero lleva detrás moraleja. El proyecto de un Sevilla grande estuvo ayer a punto de disolverse bajo la lluvia otoñal si la providencia, caprichosa como cualquier árbitro, no hubiera dictaminado en el último suspiro a favor de los sevillistas.
Los sevillistas, bajo la larga y dulce amnesia de Eindhoven, recordaron ayer en una sola jugada la delgada línea blanca que separa la excelencia de la medianía. Un empate con los recién ascendidos catalanes después de tener el partido controlado hubiese supuesto un duro mazazo moral para un equipo que quiere y debe mirarse en la zona VIP de la tabla. El mensaje del Nàstic venía con acuse de recibo de Chequia, donde los sevillistas también incurrieron en ese pecado de indolencia en el que se pierden los equipos que de tanto mirar al horizonte terminan por pisarse los cordones.
El partido con el Nàstic, como la caja de Pandora, evidenció ayer todo lo bueno y todo lo malo que le puede pasar al Sevilla esta temporada. Cal y arena. La suficiencia de un Jesús Navas inmenso, carne de combinado nacional a poco que la madurez le espante los demonios, y la solvencia de un Kanouté al frente de los anotadores ligueros. O los apuros finales y patéticos con un equipo anónimo que ha de luchar por la permanencia. Hablar de complicaciones cuando un equipo es tercero de la liga no parecería un ejercicio de banalidad si el sonido seco de ese palo del minuto noventa no se hubiese incrustado en el ánimo de los sevillistas como un aviso a navegantes.
A falta de televisión, el problema del Sevilla se explica por la semántica. Esto es, la diferencia entre ser grande y estar entre los grandes. Este equipo nos convence de que el Sevilla es un club a un cuarto de hora del modelo valenciano, la sólida alternativa al binomio catalán-madrileño, y a ratos nos recuerda que todavía quedan en el proyecto jugadores para largar en el mercado de invierno y que hasta un Nàstic cualquiera puede colarse por la holgura de la camiseta. Una de las lecturas es que al Sevilla contemplativo de la segunda mitad se lo puede merendar cualquier aspirante con un poquito de desparpajo.
Ser o estar, he ahí el dilema. Esencia o transitoriedad. En este dilema, que los propios jugadores dirimirán a lo largo del campeonato, el apagón televisivo, por más cargado de razón que esté el club, tampoco puede decirse que vaya a contribuir a la tranquilidad del equipo. Pero estamos en El laberinto Del Nido, y el presidente, cuando la entidad atraviesa su mejor momento, ha decidido abrir un frente contra el monopolio televisivo, caiga quien caiga y a un precio todavía por determinar.
Si el Sevilla quiere conjugar el verbo ser en lugar de estar, el presidente debería aceptar con pragmatismo ese gol de penalti injusto que le ha metido Audiovisual Sport en el último minuto del verano, y el equipo regresar a ese fútbol reciente que convertía cada partido en una última noche de amor.
Publicado en El Mundo de Andalucía, lunes 23 de octubre de 2006
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El Blog de J.A. Francés
Se nos había olvidado después de la noche de Eindhoven, pero la UEFA parece que era este sopor de fútbol prescindible y quemar el calendario hasta la primavera, cuando florecen las gradas y el campeonato insinúa que ha merecido la pena. Del Sevilla de pasarela ayer no quedó más que un equipo especulativo y comedido que se echó mano al bolsillo para administrar la calderilla, a la espera de que Kanouté o Kepa o el ciclotímico Luis Fabiano invitasen a una ronda en una jugada aislada. Se nos había olvidado después de la noche de Eindhoven, pero la UEFA parece que era este sopor de fútbol prescindible y quemar el calendario hasta la primavera, cuando florecen las gradas y el campeonato insinúa que ha merecido la pena. Del Sevilla de pasarela ayer no quedó más que un equipo especulativo y comedido que se echó mano al bolsillo para administrar la calderilla, a la espera de que Kanouté o Kepa o el ciclotímico Luis Fabiano invitasen a una ronda en una jugada aislada.
El caso es que el Sevilla acumula varias Uefas en la culata del revolver, y por el año pasado sabemos que estos partidos fríos son de los aguantar el marcador bajo cero y pillar el chárter para Sevilla a la espera de mejor ocasión para lucir pecho. El caso es que ahora el Sevilla viaja con los galones en la pechera y a los jugadores parece que les fastidia esa responsabilidad con el espectáculo que se le presupone y exige al campeón.
El Slovan checo hizo su partido de marcajes individuales y fútbol vertical, y a punto estuvo de llevarse el marcador al huerto de no ser por los palos o la ingenuidad rematadora de sus rápidos delanteros. Alguna ventaja, no obstante, tiene jugar con el cetro a cuestas, la ecuanimidad del árbitro (lo que empieza a ser una novedad), y el respeto de los campeones de liga chechos, encantados, a pesar de la fogosidad, de empatar con el mejor equipo del mundo, según la IFFHS.
Lo debe de saber hasta la empresa de apuestas que luce el Sevilla en el pecho: cuando un empate conforma a dos contendientes, la opción de las tablas aumenta exponencialmente, como la probabilidad de que los aficionados sevillistas no vean este año a su equipo más que en el bis a bis de tres minutos de los telediarios furtivos.
Por cierto que la trayectoria catódica de los sevillistas anda ya en el envés de la paradoja. Si el año pasado el aficionado debía conformarse con las retransmisiones de la liga doméstica porque la UEFA no le interesaba ni a la emisoras locales, este año el peiperviú está canino y toca resignarse con los bolos de la liguilla europea, como se deduce del comunicado de las peñas sevillistas en apoyo a la postura del club en toda esta guerra televisiva, cuyos máximos damnificados, curiosamente, son los propios aficionados.
El Sevilla está cargado de razones contra el monopolio de facto del emporio televisivo, pero Del Nido, que gasta la soberbia de los nuevos ricos, va a tener tiempo de rasgarse la cara por haber vulnerado el precepto básico de cualquier combatiente: no meterse en una guerra de la que no se está seguro de ganar. Lo peor es que cada vez queda menos margen para una solución, sobre todo cuando el presidente va quemando naves mientras llama a los socios al boicot televisivo.
Alguna otra opción, cabe preguntarse, habría, además del enfrentamiento directo contra el poder omnívoro del pago por visión, que no terminara lesionando los intereses del Sevilla y sus aficionados, por más injusto y ofensivo que haya sido el trato de Audiovisual Sport. Del Nido quería un equipo invencible pero se ha quedado en invisible. El orgullo es un pobre argumento empresarial, si es verdad que el problema de fondo es el dinero. En el viaje a Praga debería haberse llevado a Kafka, que ya escribió El Proceso.
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El Blog de J.A. Francés
Vuelven los árbitros como vuelven los pantalones de pitillo, los estampados de patas de gallo o los abrigos de leopardo. El arbitraje español está de moda, y la liga pone en boga esa costumbre bellaca, tan de los ochenta, de asociar la imagen de los colegiados a cierta actividad fisiológica. Jornada tremenda. Digna de ver, verbo éste que se está poniendo igual de conflictivo que la actuación de los árbitros, cada vez más arbitraria, claro. Batalla perdida
Vuelven los árbitros como vuelven los pantalones de pitillo, los estampados de patas de gallo o los abrigos de leopardo. El arbitraje español está de moda, y la liga pone en boga esa costumbre bellaca, tan de los ochenta, de asociar la imagen de los colegiados a cierta actividad fisiológica. Jornada tremenda. Digna de ver, verbo éste que se está poniendo igual de conflictivo que la actuación de los árbitros, cada vez más arbitraria, claro.
El público del Ruiz de Lopera pidió ayer al menos dos penaltis, aunque en este nuevo descalabro bético toda la responsabilidad, ni mucho menos, pueda imputársele al colegiado. Lo malo de este Betis reincidente y regresivo es que ni siquiera puede parapetarse en el desconcierto de los trencillas. Anoche, mientras el público pedía cortésmente a Lopera que meditara su futuro en la entidad verdiblanca, los jugadores estrellaron en los palos el destino de un partido que nunca debía haberse empatado ante un Deportivo simple y fallón como el encefalograma de Rafa Guerrero.
El empate postrero atenúa el descalabro pero con seis jornadas cumplidas y una pírrica victoria ya se dibuja el perfil de un Betis menesteroso que promete reeditar una temporada de carestías, fatigas y otros tipos de cefaleas. Mal síntoma: el público desfiló del campo antes del final como el que asiste a una batalla pérdida.
El Sevilla perdió, aunque sus cuitas, hasta que se demuestre lo contrario, son de otro nivel. Los sevillistas ahora mascan un nuevo tipo de frustración: la del burgués de reciente fortuna que no encuentra la aprobación social de la aristocracia. El arbitraje ayer en el Camp Nou no es sino un reflejo de ese sibilino trato vejatorio que los sevillistas han recibido de Audio Visual Sport, la empresa que trajina con descaro el monopolio de los derechos televisivos. Del Nido, que no es precisamente un dechado de humildad, pensaba acaso que al Sevilla le bastaba con los títulos europeos y su fútbol de escaparate para hacerse respetar en los cenáculos del poder futbolístico, pero él debería saber -por su profesión y sus clientes- que la moneda que circula por estos pagos es el mafioseo, ya sea televisivo, arbitral o federativo.
Si a una maquinara de relojería como al Barça se le añaden las propinas arbitrales (léase gol anulado, el penalti de Márquez a Poulsen, las manos previas de Motta en la jugada del tercer gol...) la victoria deja de ser una empresa difícil para convertirse en esa fuente de indignación o melancolía a la que conducen los afanes imposibles. El Sevilla dejó en Barcelona una imagen impoluta de equipo maduro, pero los colegiados y las televisiones, esa extensión del poder, le recuerdan constantemente sus orígenes de equipo provinciano y pobretón sin gloria ni alcurnia para hablar de usted a los que deciden cuánto vale cada cual. Los tiburones del peiperviú están esperando a que los sevillistas caigan en desgracia para vengar la osadía y mandar aviso a navegantes. Y el caso es que pelear con estos molinos televisivos, como los árbitros, a la larga es una batalla perdida.
Artículo publicado en El Mundo de Andalucía, lunes 16 de octubre de 2006
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El Blog de J.A. Francés
El Sevilla del fútbol total y de la magia dijo ayer que la Liga es larga y que hasta las batallas más épicas tienen una víspera de tardes planas y fútbol moderado para tensar el arco y templar la espada. La prueba del algodón para saber si este equipo tiene madera para aguantarle el pulso a los grandes la tendrá el Sevilla la jornada que viene, en el Camp Nou, donde podrá presentar credenciales y tramitar la solicitud de ingreso en el selecto club de equipos que, por ejemplo, no tienen problemas con los derechos televisivos porque todo el mundo tiene claro cuál es su precio de mercado.
La afición sevillista perdonó ayer la tarde mustia de fútbol amnésico porque la clasificación es un aval incontestable, y la parroquia se ha dado cuenta de que cuando un buen equipo escatima el fútbol casi siempre lo compensa con el resultado.
El Getafe se dibujó muy pronto como un rival blandito para que los fabianos y kanoutés hincaran el diente de la ambición y regalasen a la concurrencia otro cómodo desfile marcial, pero parece que el Sevilla se ha acomodado en la victoria y vence por rutina cuando la tarde no está para filigranas o los niños semejan caer con un discurso moderado de fútbol a interés fijo. Por lo visto, la madurez era esto, una administración de la suficiencia y una espera paciente para los duelos con sabor de parabólicas y despliegue de medios.
Claro que el fútbol, tan fiel a sus ironías, suele cobrarse con recargo la cicatería, y para un espectador que ha visto de qué es capaz este equipo puede resultar ofensiva la especulación con la que los sevillistas tramitan algunos compromisos. La diferencia entre un partido controlado y un descalabro radica, tantas veces, en un detalle minúsculo. Y si no que se lo digan a los béticos, que, después de tener a merced a un inocuo Recreativo durante ochenta minutos, se dejó encajar dos goles absurdos y prescindibles con rescoldo de barbacoa con chorizos al infierno. Con un Huelva inofensivo, que le faltó pedir las tablas por la megafonía, el Betis se entregó a ese criticado vicio de Irureta de sobrevalorar los empates y conformarse con botines menores.
El Betis tenía un equipo superior y un escenario propicio para enfilar un camino distinto de ese lodazal clasificatorio por el que chapoteó la pasada campaña. Pero regresó para Sevilla con un puñado de dudas en carne viva. ¿Cómo la marcha de Juanito puede descomponer la defensa hasta ese extremo? ¿Cómo le pueden volver a meter a Doblas un remate de cabeza en el área pequeña? ¿Por qué Irureta sacó a Fernando Vega para amarrar un mísero empate si el Recreativo daba señales evidentes de estar noqueado?
La racanería sólo puede encontrar refugio, si alguna excusa tiene, en el resultado. Pero cuando fallan los resultados quedan visibles al ojo todas esas carencias que le veníamos vaticinando a este equipo desde las premuras del verano. Hoy por hoy, la diferencia entre sevillistas y béticos, además de la longitud de la plantilla y la madurez del proyecto, radica acaso en esa leve diferencia. Para permitirse el lujo de un fútbol conservador, primero hace falta algo que conservar.
Publicado en el Mundo de Andalucía, lunes 2 de octubre de 2006
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El Blog de J.A. Francés
Los escépticos necesitaban evaluar el liderazgo sevillista en un estadio opresivo y ante un rival de peso, es decir, con suficiente IMC (Índice de Masa Clasificatoria) para pasar el corte de la pasarela Liguera sin la anorexia de la clasificación. Ayer el Sevilla pasó el control de calidad con brillantez hasta que el colegiado del encuentro, González Vázquez, expulsó, literalmente, a los sevillistas del paraíso del liderato con ese artilugio tan usado en los sótanos de la Federación: la tarjeta. El Sevilla se mantuvo incorrupto a la presión ambiental-arbitral hasta el minuto cuarenta de la segunda mitad, tiempo en que Palop, a trallazo de Maxi, mordió la manzana-res de la discordia y, tanto meses después, abrió las puertas del infierno y la imperfección a este Sevilla divino que desde abril levitaba en un fútbol angelical. Los querubines de la grada, el azufre arbitral y la bestia negra de Aguirre recordaron al Sevilla que el fútbol es un lugar de pecado y sufrimiento.
Sobró un suspiro, que es la distancia liviana entre la gloria y el valle de césped regado con las lágrimas de los mortales. El Sevilla perdió el partido, aunque no la imagen de equipo serio y suficiente que anda enamorando a esos comentaristas esos que salen del armario de la dualidad Madrid-Barça para proclamar sin complejos que este año hay que añadir un comensal más al banquete liguero. El propio David Villa, en un desliz revelador, incluyó a los sevillistas a los aspirantes al título, declaración que, si bien exagerada, sí denota al menos el respeto que el equipo de Juande Ramos se han granjeado entre sus rivales.
Seguramente, el Sevilla tenga que demostrar aún muchas cualidades para que pueda considerarse su candidatura. De momento, asumir los errores propios en el Calderón, al permitirse dos expulsiones en un partido totalmente controlado, con un Atlético de Madrid rendido a la superioridad rojiblanca.
Si bien el Sevilla aguantó con dignidad y hasta elegancia la inferioridad numérica hasta el último aliento, cabría plantearse si a uno de los grandes (léase Barça, Madrid o Valencia) le hubiesen encajado el segundo gol tres minutos después del empate. Claro que para semejante pregunta retórica siempre nos podremos salir por la tangente: en esta liga mediática y mediatizada, a uno de los poderosos nunca lo hubiesen dejado con nueve jugadores. He ahí otra sutil diferencia para tomarse con precaución toda la euforia que este Sevilla alegre, físico y jugón viene desatando entre los suyos con toda justificación.
La prueba de madurez viene realmente ahora. Todo el mundo sabe a qué juega equipo y qué se espera de él, y los rivales lo van a recibir con la escopeta de caza y un hueco en la sala de trofeos. Por lo que respecta a la moral del equipo, salta una pregunta a la cabeza del aficionado: después de una racha de triunfos verdaderamente irrepetible, cómo digerirá la plantilla el regreso a esa realidad de contratiempos y sinsabores en que consiste la Liga. Porque la medida del Sevilla divino la marcará el Sevilla terrenal.
Publicado en El Mundo de Andalucía, lunes 25 de septiembre de 2006
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El Blog de J.A. Francés
Derbi vibrante, pleno de emoción y alternativas, digno de ver... y sin televisión. Las tabernas sevillanas retrocedieron ayer por unas horas a aquella España del No-Do en que la radio era la única forma de imaginar la épica. Por cierto, antaño las aficiones acudían al estadio juntas, para que alguien les explique a los niñatos de San Bernardo que el perro de la violencia tiene rabo, y muerde. En fin.
Decía que el legítimo interés del Sevilla, que no quiere malvender sus derechos de imagen, privó a la ciudad de un espectáculo deportivo que merecía el amplificador de la televisión. Pero ya se sabe que el fútbol es un sentimiento o una actividad mercantil, según convenga. Quizá no estaría de más recordarle a los férreos negociadores de la entidad blanca que, por más legítimas y fundadas que sean las peticiones del Sevilla, los damnificados del apagón televisivo, en última instancia, son esos miles de aficionados sevillistas que anoche se perdieron en directo el soberbio gol de Renato y la dulce remontada de un Sevilla que vence ya incluso en sus noches más desdibujadas. El Betis acudía a Nervión en el peor de los contextos, con un proyecto en ciernes marcado por las bajas notables y las incorporaciones de urgencia, y un rival campeonísimo, con 17 partidos oficiales sin morder el polvo de la derrota, justo desde aquel otro derbi de abril en el Ruiz de Lopera.
El Sevilla se llevó los puntos y la alegría, pero los que esperaban que en el lote del derbi se incluía la humillación del rival se marcharon a casa con ese resquemor. Porque el Betis salió con la cabeza bien alta del Sánchez Pizjuán, y dignificó un derbi del que seguramente debería haber escapado con mejor fortuna, si Mejuto González no hubiese escatimado el penalti (¿de libro?) que le hicieron a Maldonado. Inciso malvado -y otro daño colateral de la ceguera catódica-: las opiniones de los comentaristas radiofónicos se volvieron ayer más mesuradas que nunca, tal vez por carecer de la inestimable ayuda de la moviola, ese instrumento de valoración que se le niega al arbitraje.
Los béticos, en suma, desperdiciaron una excelente oportunidad para quebrar la racha y bajarle los humos a un Sevilla intratable al que le basta su inercia triufal para sacar los partidos. El altar heliopolitano, no obstante, ya cuenta con nuevos santos de devoción, el brasileño Sobis y Vogel (pronúnciese Foguel, según la prescripción radiofónica de la escuela sevillana) que ayer cuajó un derbi completísimo y ya se vislumbra como uno de los puntales del Betis centenario.
En suma, la grada festejó la victoria con la costumbre que este equipo vive sus éxitos recientes, pero la maquinaria de relojería futbolística, elogiada ya hasta la extenuación, dejó ver anoche sus primeras fisuras en una defensa inéditamente fallona con David Castedo como sorpresivo maestro de ceremonias. El regalo del defensa sevillista es acaso una de esas señales que manda el destino para que cada cual reflexione sobre la futilidad de la gloria.
El Sevilla sigue líder y le saca seis puntos al Betis en tres jorndas. Sin embargo, el exquisito cadáver bético cuenta quizá con mejor salud de los muchos desean. Hay promesa de duelo en el año del Centenario. Permanezcan en sintonía, nunca mejor dicho.
Publicado en El Mundo de Andalucia, lunes 18 de septiembre