Una amiga mía, doméstica también, con la que coincido todos los días en el autobús, dice que no aguanta más, que se vuelve para Brasil. Y no me extraña. Su señora debe creerse que no es una persona, sino un robot. Ella trabaja, entre otros sitios, en un chalet enorme, de tres plantas. Son cuatro horas todos los días para limpiar todo eso, y la señora no comprende que no se puede, que es demasiado, que eso no hay quién lo haga (y todo por poco más de 400 euros al mes).
Pero casi peor es el trato, que te trate como a un mueble, que no te ofrezcan ni un pedacito de pan, que no se preocupen por si has comido alguna cosa en todo el día o si ni quiera has tenido tiempo... que te traten así, al final, marca. Ella dice que se va. La entiendo.